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RELICARIO DE LA SAGRADA FAMILIA — CUNA DE CRISTO, VELO DE LA VIRGEN, SAN JOSÉ

RELICARIO DE LA SAGRADA FAMILIA — CUNA DE CRISTO, VELO DE LA VIRGEN, SAN JOSÉ

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ref: #RK00-901

Raro relicario de bronce dorado con fachada de vidrio que contiene tres preciosas reliquias cristológicas y marianas.

Las reliquias están fijadas en el centro de una composición decorativa refinada. Reposan sobre un fondo de tela rojo profundo. Este color, omnipresente en la liturgia cristiana, simboliza la sangre de Cristo y su sacrificio redentor.

Están identificadas en latín en etiquetas manuscritas de la siguiente manera:

“Ex Cunis D.N.J.C”
Ex cunis Domini Nostri Jesu Christi
Traducción : Del pesebre de Nuestro Señor Jesucristo

Esta reliquia, de gran rareza simbólica, remite al misterio de la Natividad. El término cunis (cuna, pañales o lecho del Niño) evoca las primeras horas terrenales de Cristo, su encarnación humilde y carnal. Recuerda la pobreza de Belén y la realidad tangible de Dios hecho hombre. Asociada a las reliquias de la Pasión, sitúa el relicario dentro de una teología completa, desde el nacimiento hasta el sacrificio.

“Ex velo B.M.V.”
Ex velo Beatae Mariae Virginis
Traducción : Del velo de la Bienaventurada Virgen María

Reliquia mariana altamente venerada, el velo de la Virgen remite a su pureza, a su maternidad sagrada y a su papel de intercesión. También simboliza la protección maternal concedida a los fieles. En la iconografía y la devoción, el velo se convierte en signo de dulzura, de refugio y de mediación entre el cielo y los hombres.

“Ex pallio S. Ios. sp”
Ex pallio Sancti Ioseph Sponsi
Traducción : Del manto de San José, Esposo

Buen estado de uso con su vidrio original.
No abierto.
Sello eclesiástico y hilos de seda presentes.

ÉPOCA : siglo XVIII
DIMENSIÓN :
4,5 cm × 3 cm
SIZE :
1.8" × 1,2"

Este relicario reúne así tres dimensiones complementarias del misterio cristiano:
— La Encarnación (la cuna de Cristo),
— La maternidad sagrada y la intercesión (el velo de María),
— La protección paterna (el manto de José).

Compone así una verdadera reliquia de la Sagrada Familia, abarcando el nacimiento terrenal del Salvador, su entorno doméstico y el amor protector que rodeó sus primeros años.

La sola presencia de una reliquia materialmente asociada a la infancia de Cristo constituye ya, por sí misma, un hecho de extrema rareza. Las llamadas reliquias cristológicas de contacto —es decir, vinculadas a objetos que tocaron directamente la vida terrenal de Jesús— se cuentan entre las más difíciles de encontrar en el mercado de antigüedades, pues la mayoría se conservan desde hace siglos en grandes tesoros eclesiásticos, catedrales o fundaciones monásticas. Los fragmentos referidos a la cuna o a los pañales del Niño Jesús pertenecen a esta categoría excepcional, tocando el misterio más íntimo de la Encarnación: Dios hecho carne en la fragilidad de un recién nacido.

A esta primera rareza se añade la de una reliquia del velo de la Bienaventurada Virgen María. Las reliquias textiles marianas, por su naturaleza perecedera, son infinitamente menos comunes que las reliquias óseas de santos. Fueron celosamente conservadas, fragmentadas con parsimonia y a menudo reservadas a grandes fundaciones religiosas o a protectores eclesiásticos de alto rango. En la simbología cristiana, el velo supera el objeto material para convertirse en signo de pureza, de maternidad divina y de mediación protectora.

Finalmente, la reliquia del manto de San José completa este conjunto con una fuerte dimensión teológica. San José, durante mucho tiempo discreto en la devoción occidental antes de su desarrollo moderno, sigue siendo sin embargo la figura protectora por excelencia de la Sagrada Familia. Las reliquias textiles que se le atribuyen también son poco comunes y remiten a su papel de guardián, proveedor y testigo silencioso del misterio de la Encarnación.

Pero más allá de la rareza individual de cada una de estas reliquias, es su reunión en un mismo relicario lo que le otorga todo su valor espiritual e histórico. Ya no se trata de fragmentos aislados, sino de un verdadero programa devocional coherente, concebido como una evocación material del hogar sagrado de Nazaret.

El fiel no venera solamente un recuerdo de la vida de Cristo ni un atributo mariano o josefino por separado: contempla un conjunto doméstico sagrado —la cuna, el velo, el manto—, es decir, los mismos objetos que rodearon, protegieron y acogieron los primeros días terrenales del Salvador.

Esta unión forma así una reliquia trinitaria familiar, donde el Niño, la Madre y el padre nutriente están místicamente presentes a través de sus tejidos de contacto. Evoca el calor del hogar de Nazaret, la pobreza bendita de la Natividad y la protección amorosa que envolvió la Encarnación.

Este tipo de composiciones es mucho más raro que los relicarios de múltiples santos o mártires, pues suponen una intención teológica precisa: representar no a la Iglesia triunfante, sino a la Sagrada Familia en su intimidad terrenal.

Este relicario pertenece así no solo a la devoción a las reliquias, sino a una espiritualidad profundamente encarnada, centrada en el misterio familiar de Dios hecho hombre —una meditación material sobre el nacimiento, el amor y la protección en el corazón mismo de la salvación cristiana.

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