Introducción: una madre en el corazón del martirio
Santa Felicidad de Roma (o Felicitas, en su forma latina) es una de las grandes figuras del cristianismo primitivo, honrada en toda la catolicidad por la firmeza de su fe, la grandeza de su amor materno y la nobleza de su martirio. Madre de siete hijos, vivió y murió en el siglo II, bajo el emperador Marco Aurelio, confesando a Cristo a pesar de los suplicios infligidos a cada uno de sus hijos. La leyenda hagiográfica, ampliamente difundida desde la Antigüedad tardía, la convirtió en la personificación de la mater christiana —la madre cristiana por excelencia— que prefiere ver morir a sus hijos antes que verlos apostatar.

Reliquia de santa Felicidad de Roma en el sitio relics.es
Celebrada el 23 de noviembre en el calendario romano tradicional (y el 10 de julio en otras tradiciones), santa Felicidad fue venerada muy pronto en la misma Roma, donde su tumba, situada en la Vía Salaria, se convirtió en un célebre lugar de peregrinación. Su memoria está asociada a la de sus siete hijos mártires —Januario, Félix, Felipe, Silvano, Alejandro, Vital y Marcial—, todos ejecutados sucesivamente por su fe, según una tradición sólidamente arraigada en los Actas de los Mártires.
Contexto histórico: la fe cristiana en Roma en el siglo II
En tiempos de santa Felicidad, la cristiandad romana era aún joven pero ya firmemente establecida. El siglo II fue un periodo clave: el mensaje de Cristo se había difundido por el Imperio; existían comunidades estructuradas en Roma, Antioquía, Alejandría y Asia Menor; y, sin embargo, los cristianos seguían siendo incomprendidos y a menudo detestados. Se les acusaba de ateísmo (por rechazar a los dioses del Estado), de traición al Imperio (pues no adoraban al emperador) e incluso de crímenes imaginarios (como infanticidios o banquetes secretos mencionados en rumores paganos).
Bajo Marco Aurelio (161–180), las persecuciones, aunque no sistemáticas, se hicieron más frecuentes. El emperador, filósofo estoico, se mostraba tolerante en materia religiosa, pero veía en el cristianismo una amenaza para la cohesión moral y política de Roma. Varios procesos sonados, como el de Justino el Filósofo (hacia 165), dan testimonio de la creciente tensión entre la fe cristiana y las autoridades paganas.
En este contexto aparece la figura de Felicidad: una noble matrona romana, convertida al cristianismo, madre de siete hijos a quienes educó en la piedad y la virtud. Su fe ferviente atrajo la atención, y pronto su casa se convirtió en un foco de catequesis y oración. Su influencia, creciente entre las familias cristianas de Roma, inquietó a los sacerdotes paganos, que temían el abandono del culto a los dioses.
Las Actas de santa Felicidad y de sus siete hijos
Las Acta Sanctae Felicitatis cum septem filiis suis, conservadas en diversas versiones latinas, narran con detalle el proceso y el martirio de la santa y de sus hijos. Aunque estos textos sufrieron reelaboraciones hagiográficas a lo largo de los siglos, probablemente se apoyan en una tradición antigua, tal vez contemporánea de los acontecimientos.
Según las Actas, Felicidad, viuda y rica matrona, vivía en Roma a finales del siglo II. Su celo por la fe cristiana y su caridad hacia los pobres habían provocado la hostilidad del clero pagano. Temiendo que apartara a los ciudadanos del culto imperial, la denunciaron ante el prefecto de Roma, Publio, encargado de interrogar a los cristianos.
Publio convocó a Felicidad e intentó persuadirla de ofrecer sacrificios a los dioses para escapar del castigo. Pero la santa se negó firmemente, declarando que no reconocía a otro Dios que al Creador del cielo y de la tierra. «Te pierdes a ti misma, mujer, y pierdes a tus hijos», dijo el prefecto. Felicidad respondió:
«Solo perderé a mis hijos si los veo renegar del Señor; los encontraré para la eternidad si mueren por él.»
Esta respuesta resume toda la grandeza de la santa: la fe y la maternidad se funden en una sola vocación —criar a los hijos para el cielo—.
Irritado, el prefecto ordenó que cada uno de los hijos fuera interrogado y sometido a tortura. Todos, uno tras otro, proclamaron su fe con heroico valor. Las Actas describen luego la muerte sucesiva de los siete hermanos, ejecutados mediante diversos suplicios, antes de que su madre fuera también ajusticiada.
Los siete hijos mártires: nombres y simbolismo
La tradición ha conservado los nombres de los siete hijos de santa Felicidad, cada uno martirizado en un lugar distinto, como para significar la difusión del testimonio cristiano por toda Roma:
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San Januario (Januarius) — muerto a golpes con flagelos plomados.
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San Félix (Felix) — apaleado hasta la muerte.
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San Felipe (Philippus) — arrojado por una escalera.
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San Silvano (Silvanus) — precipitado desde un peñasco.
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San Alejandro (Alexander) — decapitado.
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San Vital (Vitalis) — igualmente decapitado.
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San Marcial (Martialis) — ejecutado el último, también por decapitación.
El simbolismo del número no pasó inadvertido a los comentaristas antiguos: siete hijos, como los siete dones del Espíritu Santo, las siete virtudes o incluso las siete llagas de Cristo. La imagen de la madre cristiana que ofrece a Dios a sus siete hijos evoca también relatos veterotestamentarios, especialmente el de la madre de los siete Macabeos (2 Mac 7), modelo de heroísmo judío que se convirtió en arquetipo del martirio familiar cristiano.
El martirio de santa Felicidad
Tras la muerte de sus hijos, Felicidad también fue condenada a muerte. Según la tradición, fue ejecutada al día siguiente, en Roma, por decapitación. Algunos relatos precisan que fue sepultada cerca de sus hijos en la Vía Salaria, en las catacumbas de Máximo. La inscripción de su tumba está atestiguada ya en el siglo IV, lo que confirma la realidad de un culto muy antiguo.
El papa Gregorio Magno, en una de sus Homilías sobre los Evangelios, habla de su martirio con admiración, subrayando la fe invencible de esta madre cristiana que, lejos de lamentarse, animaba a cada uno de sus hijos a morir por Cristo. Escribe:
«Felicidad temía más que sus hijos vivieran negando a Cristo que verlos morir por él.»
Este testimonio de Gregorio, en el siglo VI, demuestra que su culto ya estaba firmemente establecido en Roma y que inspiraba la predicación cristiana.
El culto y la veneración de santa Felicidad a través de los siglos
En Roma: las catacumbas y la basílica
El culto de santa Felicidad es uno de los más antiguos del martirologio romano. Su nombre aparece ya en las primeras listas de mártires, como el Martyrologium Hieronymianum (siglo V). Su sepultura en la Vía Salaria fue primero un sencillo oratorio funerario y luego una iglesia subterránea. En el siglo IX, el papa Bonifacio I (o, según otras fuentes, Gregorio IV) mandó trasladar sus reliquias a la iglesia de Santa Susana, donde fueron reunidas con las de sus hijos.
El culto se difundió por todas las basílicas romanas, especialmente en San Pedro y en San Pablo Extramuros, donde su nombre se pronunciaba en las letanías de los mártires. Su imagen aparece en numerosos ciclos de frescos paleocristianos, en los que suele representarse rodeada de sus siete hijos, sosteniendo la palma del martirio.
En Occidente: difusión del culto
Desde la Alta Edad Media, la veneración de santa Felicidad se extendió por todo Occidente. Se hallan reliquias suyas en diversas iglesias de Francia, Alemania y España. En Brescia, se le dedicó una iglesia ya en el siglo VIII. En Francia, santa Felicidad de Roma se asocia a veces con santa Perpetua, otra mártir africana con la que comparte el nombre (Felicitas), pero no deben confundirse: Felicidad de Roma es una matrona romana del siglo II, mientras que Felicidad de Cartago es una esclava martirizada en el siglo III.
En Inglaterra, el culto de santa Felicidad aparece ya en época anglosajona: el calendario de Beda el Venerable menciona su fiesta, prueba de la temprana difusión de su historia en las Islas Británicas.
Memoria litúrgica
En el calendario romano tradicional, la fiesta de santa Felicidad de Roma se fijó el 23 de noviembre, distinta de la de santa Felicidad de Cartago, celebrada junto con santa Perpetua el 7 de marzo. Sin embargo, algunas reformas litúrgicas posteriores a veces fusionaron ambas memorias, lo que provocó cierta confusión. En la liturgia tridentina, Felicidad de Roma se menciona en la Conmemoración de las Santas Mujeres del Canon de la Misa, signo de una veneración excepcional.
Iconografía y simbolismo
La iconografía de santa Felicidad es rica y profundamente emotiva. Desde las catacumbas se la representa a menudo en actitud orante, con los brazos levantados al cielo, símbolo de la oración y de la fe triunfante. En la Edad Media aparece rodeada de sus siete hijos, a veces con las manos juntas, a veces portando la palma del martirio.
Los artistas del Renacimiento y del Barroco, sensibles a la grandeza dramática del relato, representaron a menudo la escena del martirio o la de la exhortación materna. En estas obras, Felicidad aparece como una nueva Níobe cristiana, no petrificada en el dolor, sino transfigurada por la fe. El arte sacro la convierte en modelo de heroísmo espiritual femenino, comparable a santa Mónica, madre de san Agustín, pero en una forma más trágica y sacrificial.
Los atributos iconográficos de santa Felicidad son:
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la palma del martirio;
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la corona de laurel, símbolo de la victoria celestial;
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a veces un velo o una túnica romana, recordando su condición de matrona;
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y, a su alrededor, siete niños, cada uno con la palma o la corona.
En algunas representaciones sostiene una cruz o un libro abierto, signo de su fe inquebrantable y de la transmisión de la doctrina cristiana a sus hijos.
Santa Felicidad en el pensamiento cristiano: madre y mártir
La figura de santa Felicidad ha inspirado a numerosos autores espirituales y predicadores. En ella se conjugan perfectamente dos virtudes cardinales del cristianismo: la caridad materna y la fuerza del martirio.
Maternidad santificada
En el mundo romano pagano, la maternidad se percibía como un deber cívico y familiar, orientado a la gloria de la ciudad y del nombre paterno. Con el cristianismo, esta maternidad se convierte en vocación espiritual. Felicidad ilustra esta transformación: engendra no solo según la carne, sino según la fe. Prepara a sus hijos no para servir a Roma, sino a Dios. La educación cristiana que les da se convierte en un acto de fe en sí mismo, una prolongación de su propio testimonio.
San Ambrosio, en sus escritos sobre vírgenes y viudas, alaba a esas madres cristianas que hacen de sus hijos confesores de la fe. De Felicidad dice: «Dio a luz siete veces con dolor, pero siete veces para la gloria eterna.»
Valor ante la persecución
La constancia de Felicidad ante el prefecto de Roma la convierte en modelo de valentía cristiana. Los autores patrísticos ven en ella la realización de la palabra de Cristo: «El que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí» (Mt 10,37). Ama a sus hijos no según la carne, sino según el espíritu, y prefiere verlos morir antes que perder su salvación.
Esta actitud, incomprensible a los ojos del mundo, fue ensalzada en la predicación cristiana como el grado más alto de la fe. Recuerda a la madre de los Macabeos, pero transfigurada por la gracia de Cristo.
La posteridad espiritual de santa Felicidad
Con el paso de los siglos, santa Felicidad se convirtió en una figura ejemplar para las madres cristianas, pero también para todas las almas confrontadas con el sufrimiento y la pérdida. Su culto conoció un particular renacimiento a finales de la Edad Media, cuando la espiritualidad de la Pasión y la contemplación del martirio adquirieron un lugar central.
Numerosas órdenes religiosas, especialmente benedictinos y cistercienses, inscribieron su memoria en sus calendarios. En la literatura espiritual francesa del siglo XVII, autores como Bossuet o Bourdaloue invocaron con frecuencia a Felicidad como símbolo del valor materno santificado.
Su nombre también ha marcado la toponimia cristiana: varias parroquias, conventos y localidades llevan el nombre de Sainte-Félicité, especialmente en Francia, Canadá e Italia.
Santa Felicidad y la teología del martirio
El martirio, en la teología cristiana, no es solo una muerte heroica: es una participación mística en la Pasión de Cristo. Felicidad y sus hijos son una ilustración perfecta de ello. Al ofrecer su propia carne —la de sus hijos— como sacrificio espiritual, Felicidad se asocia plenamente a la Cruz.
Los Padres de la Iglesia comentaron a menudo este vínculo entre maternidad y martirio: así como María ofreció a su Hijo al Padre en el Calvario, Felicidad ofrece a los suyos. El paralelismo con la Virgen es evidente: ambas son madres dolorosas (Mater Dolorosa), pero transfiguradas por la fe.
Por ello, a veces se llama a Felicidad «la Madre de los Mártires», no solo porque engendró a siete mártires, sino porque su fe la convirtió en verdadera madre espiritual de todos los que sufren por Cristo.
Conclusión: el legado de santa Felicidad
Santa Felicidad de Roma sigue siendo, veinte siglos después de su martirio, un símbolo inquebrantable de la fe vivida hasta el final, del valor materno santificado por la caridad divina y del triunfo del amor celestial sobre el dolor terrenal.
Su historia, profundamente arraigada en los primeros siglos del cristianismo, resuena todavía hoy como una llamada a la fidelidad y a la constancia en la fe. Nos enseña que el verdadero amor no es el que retiene, sino el que ofrece; no el que evita el sufrimiento, sino el que lo transfigura en esperanza.
La liturgia la celebra como santa, madre y mártir; pero sigue siendo, ante todo, una mujer de fe, cuya vida atestigua que la gracia puede elevar los deberes más ordinarios —la maternidad, la familia, la fidelidad— a la altura del sacrificio heroico.