Una figura con demasiada frecuencia eclipsada
Santiago el Menor, llamado a veces Santiago de Alfeo, es una de las grandes figuras apostólicas del cristianismo primitivo. Sin embargo, su personalidad permanece con frecuencia a la sombra de Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y hermano de san Juan. Esta relativa oscuridad no se debe a una menor importancia, sino más bien al silencio de las fuentes y a la sobriedad evangélica que caracteriza su papel. Detrás de este velo de discreción, los Padres de la Iglesia, las tradiciones antiguas y los textos del Nuevo Testamento dejan entrever a un hombre de una estatura espiritual excepcional, íntimo compañero de Cristo, testigo de la Resurrección, jefe de la primera comunidad cristiana de Jerusalén y mártir de la fe.
Su sobrenombre de “Menor” no alude a una dignidad inferior, sino a una necesidad de distinción. Se trataba de diferenciarlo de Santiago el Mayor, colocado antes que él en las listas apostólicas. La tradición le atribuye una vida marcada por la humildad, la pureza de costumbres, la oración ferviente y una autoridad serena, capaz de unir a la primera generación de creyentes en un momento crucial de la historia.

Relicario de Santiago el Menor en relics.es
Orígenes e identidad de Santiago el Menor
Una familia en el corazón de la misión
Los Evangelios presentan a Santiago como hijo de Alfeo, lo que a veces le vale el título de “Santiago de Alfeo”. También se le menciona como uno de los parientes cercanos de Jesús, lo que en la cultura semítica puede designar a un primo o un familiar próximo. Varias tradiciones identifican a Alfeo con Cleofás, compañero de camino de los discípulos de Emaús y hermano de san José, lo que convertiría a Santiago en miembro de la “familia del Señor”. Esta cercanía familiar aparece en algunas designaciones antiguas en las que se le llama “hermano del Señor”, título que no debe entenderse en sentido literal, sino según los usos lingüísticos de la época.
La madre de Santiago se identifica a veces con María de Alfeo, presente en el Calvario junto a María Magdalena y María Salomé. Esta asociación subraya la fidelidad de su familia a Jesús, incluso en la hora dramática de la Pasión. Así, Santiago habría crecido en un entorno profundamente marcado por la espera mesiánica y por la presencia de Cristo.
Un apóstol formado en la escuela de Cristo
Santiago es llamado por Cristo entre los Doce. Esta elección nunca es fortuita. Cada apóstol es escogido para un papel particular: pastor, testigo, misionero, fundador. Santiago, discreto y perseverante, se inscribe en la línea de aquellos cuya fidelidad se convierte en un pilar invisible pero esencial. No conocemos los detalles de su actividad durante la vida pública de Jesús, pero podemos pensar legítimamente que participó en el anuncio del Reino, en la curación de enfermos y en la predicación evangélica como los demás apóstoles.
Los Padres de la Iglesia evocan a un hombre profundamente marcado por la santidad de su Maestro. Su oración constante, su mansedumbre, su ascetismo riguroso y su apego a los mandamientos de Dios lo prepararon para convertirse en uno de los grandes guías de la primera comunidad cristiana.
Santiago en Jerusalén: jefe de la Iglesia naciente
El primer obispo de Jerusalén
Tras la Ascensión y Pentecostés, los apóstoles se dispersan progresivamente para anunciar el Evangelio. Pero Santiago permanece en Jerusalén. Los Hechos de los Apóstoles le atribuyen rápidamente una posición de autoridad indiscutible. El propio Pedro, después de su liberación milagrosa de la prisión, pide que se avise a Santiago. Este gesto ya subraya su primacía local. La tradición cristiana lo designa como el primer obispo de Jerusalén, en una época en que la Iglesia local constituía el corazón palpitante de la joven fe.
Santiago gobierna la comunidad con una sabiduría que le vale el respeto de los creyentes judíos y cristianos. Está profundamente enraizado en la tradición judía, observando fielmente la Ley, y al mismo tiempo reconoce la novedad radical del Evangelio. Esta doble fidelidad le permite ser un puente entre dos mundos, un instrumento providencial de unidad en un tiempo de tensión.
La autoridad moral del Concilio de Jerusalén
Uno de los momentos más importantes de su vida es el Concilio de Jerusalén, relatado en el capítulo 15 de los Hechos. Se trata del primer gran debate doctrinal: ¿deben los paganos convertidos al cristianismo observar las prescripciones judías, especialmente la circuncisión? El conflicto es profundo y amenaza con dividir a la Iglesia. Pedro toma la palabra, Pablo y Bernabé testimonian, pero es Santiago quien formula la conclusión definitiva. Su juicio se convierte en la norma oficial de la Iglesia primitiva: los paganos no están sujetos a la Ley de Moisés, pero deben abstenerse de algunas prácticas consideradas incompatibles con la fe cristiana.
Este papel no es el de un árbitro político, sino el de un hombre profundamente espiritual, guiado por el Espíritu Santo. Su decisión permite la difusión universal del cristianismo y evita una ruptura entre los creyentes de origen judío y los de origen pagano.
Un pastor de santidad excepcional
Las tradiciones antiguas insisten en la santidad personal de Santiago. Eusebio de Cesarea relata que era llamado “el Justo” (Dikaios), porque su vida ejemplar inspiraba respeto. Se cuenta que oraba tanto tiempo en el Templo, de rodillas, que sus rodillas se habían vuelto tan duras como las de un camello. Esta imagen, ciertamente simbólica, refleja la intensa piedad de este hombre enteramente consagrado a Dios.
Su pobreza voluntaria, su espíritu de sacrificio, su fidelidad absoluta a la misión recibida de Cristo lo convirtieron en uno de los pilares más sólidos de la Iglesia primitiva. Santiago no era un predicador brillante, ni un viajero misionero como Pablo. Era el hombre de la estabilidad, el garante de la continuidad, el testigo silencioso pero poderoso del Evangelio vivido en su forma más pura.
El martirio de Santiago: sello de fidelidad
Una muerte trágica en el contexto político de Jerusalén
La muerte de Santiago ocurre hacia el año 62, en un contexto político tenso. Según Flavio Josefo, historiador judío del siglo I, el sumo sacerdote Anán hizo arrestar a Santiago y a otros cristianos para juzgarlos ilegalmente. El gobernador romano estaba ausente de Jerusalén, y el Sanedrín aprovechó este vacío de poder para condenar a Santiago a la lapidación.
La tradición cristiana añade detalles conmovedores. Se cuenta que Santiago fue arrojado primero desde lo alto del pináculo del Templo antes de ser lapidado y finalmente rematado a golpes de bastón. Incluso en el suelo, agonizante, habría orado por sus verdugos, a imagen de Cristo pidiendo perdón para quienes lo crucificaban. Este gesto de misericordia subraya la profundidad de su unión con Jesús, cuyos pasos siguió hasta el extremo.
Un mártir honrado desde las primeras décadas
El martirio de Santiago no marcó solo a la pequeña comunidad de Jerusalén. Se convirtió en un símbolo de fidelidad para toda la Iglesia. Su tumba, situada cerca del Templo, fue venerada muy pronto. En el siglo IV se construyó un santuario en ese lugar. Su memoria se difundió por toda la cristiandad y su nombre figura en los martyrologios más antiguos.
Su autoridad moral fue tal que incluso los judíos no convertidos lo respetaban. Algunos, según ciertas tradiciones rabínicas, veían en él a un hombre justo, fiel a la Ley y cercano a Dios. Esta estima subraya la universalidad de su mensaje y la fuerza de su santidad.
El legado teológico y espiritual de Santiago
La Epístola de Santiago: un tesoro de sabiduría
Si la identidad exacta del autor de la Epístola de Santiago ha sido discutida por los historiadores, la tradición cristiana la atribuyó durante mucho tiempo a Santiago el Menor. Este texto del Nuevo Testamento es uno de los escritos espirituales más bellos de la época apostólica. Combina sabiduría judía, moral cristiana y exigencia evangélica. Sus líneas sobre la fe y las obras constituyen una de las enseñanzas fundamentales de la teología cristiana: la fe auténtica se reconoce por sus frutos, por la caridad viva, por la justicia concreta.
La epístola denuncia las injusticias sociales, los favoritismos, las divisiones y llama a una vida interior profundamente coherente. Insiste en el dominio de la lengua, en la paciencia, en la humildad. Se inscribe en plena continuidad con Cristo predicando las Bienaventuranzas.
Un modelo de unidad y discernimiento
Santiago fue uno de los artesanos de la unidad cristiana. Su capacidad para mantener unidos tanto a los cristianos de origen judío como a los de origen pagano testimonia un discernimiento excepcional. Supo evitar fracturas que habrían podido comprometer el futuro de la Iglesia. En esto, sigue siendo un modelo para los pastores de todas las épocas: un hombre capaz de escuchar, de orar, de discernir y de actuar con rectitud.
Un santo actual, pese a su silencio histórico
La figura de Santiago sigue siendo sorprendentemente moderna. Su sobriedad, su fidelidad a la misión recibida, su atención a los pobres, su profunda piedad y su coraje discreto constituyen un modelo intemporal. Recuerda a los creyentes que la santidad no reside siempre en acciones espectaculares, sino en la constancia, la oración y la fidelidad cotidiana.
Conclusión: un apóstol oculto pero esencial
Santiago el Menor fue uno de los grandes artesanos de la Iglesia primitiva. Su papel como obispo de Jerusalén, su autoridad en el Concilio, su santidad personal y su martirio lo convierten en una figura fundacional del cristianismo. No tuvo la visibilidad misionera de Pablo ni la cercanía afectiva de Juan, pero llevó sobre sí el peso de la Iglesia naciente con una fuerza humilde y luminosa.
Su historia es la de un hombre que nunca buscó la gloria, pero que se convirtió, por voluntad de Dios, en un pilar invisible y, sin embargo, indispensable. Su memoria sigue siendo una invitación a vivir la fe con profundidad, verdad y valentía. Y su nombre, discreto en las Escrituras, brilla no obstante entre las grandes estrellas apostólicas del primer siglo.