El gran misionero franciscano del siglo XVIII
Entre las grandes figuras espirituales de la Italia moderna, san Leonardo de Puerto Mauricio ocupa un lugar singular. Predicador popular, misionero incansable y restaurador del fervor católico en una Italia frecuentemente marcada por la indiferencia religiosa, fue también uno de los más ardientes propagadores del vía crucis. Su existencia, marcada por la penitencia, la elocuencia sagrada y una inmensa caridad pastoral, ilustra perfectamente el ideal del misionero franciscano del siglo XVIII.
Canonizado por la Iglesia por la heroicidad de sus virtudes, sigue siendo aún hoy uno de los santos italianos más populares de su tiempo. Su palabra encendida atrajo multitudes inmensas, a veces compuestas por decenas de miles de personas. Su acción contribuyó profundamente a renovar la vida cristiana en numerosas regiones de la península italiana.
San Leonardo de Puerto Mauricio no fue solamente un gran orador. Fue también un hombre de contemplación, un religioso austero, un defensor de la pobreza franciscana, un director espiritual muy solicitado y un escritor espiritual de gran profundidad. Su nombre permanece unido al célebre vía crucis del Coliseo de Roma, que hizo erigir con el apoyo del papa Benedicto XIV.

Reliquia de san Leonardo de Puerto Mauricio en relics.es
Nacimiento e infancia
San Leonardo de Puerto Mauricio nació el 20 de diciembre de 1676 en Porto Maurizio, hoy integrado en la ciudad de Imperia, en Liguria. Su nombre de bautismo era Pablo Jerónimo Casanova. Su familia pertenecía a una honorable burguesía comerciante profundamente cristiana. Su padre, Domingo Casanova, era capitán de marina.
La Liguria de aquella época era una región fuertemente marcada por la piedad popular y la influencia de la República de Génova. El joven Pablo creció en un ambiente religioso intenso. Muy pronto manifestó una gran sensibilidad espiritual y una marcada inclinación por la oración.
Su madre murió cuando él aún era niño. Esta prueba marcó profundamente su carácter. El futuro santo desarrolló desde muy temprano una viva conciencia de la fragilidad de la existencia humana. Su educación fue confiada después a familiares que velaron atentamente por su formación cristiana.
Desde su adolescencia, Pablo se distinguió por sus cualidades intelectuales. Fue enviado a Roma para proseguir estudios superiores. Estudió en el Colegio Romano, dirigido por los jesuitas, donde adquirió una sólida formación clásica, teológica y filosófica.
Los testimonios de sus contemporáneos describen a un joven brillante, disciplinado, profundamente piadoso y animado por un gran deseo de perfección cristiana. Varias carreras prometedoras parecían abrirse ante él. Sin embargo, poco a poco sintió la llamada a la vida religiosa.
La entrada entre los franciscanos
En 1697, a la edad de veintiún años, Pablo ingresó entre los Frailes Menores Reformados, una rama franciscana particularmente apegada a la austeridad primitiva de san Francisco de Asís. Tomó entonces el nombre de fray Leonardo.
La elección de este nombre no era insignificante. Expresaba una voluntad de ruptura con el mundo y una aspiración a una vida totalmente consagrada a Dios. Desde el noviciado, el joven religioso se distinguió por su espíritu de penitencia, su obediencia y su amor por la pobreza.
La reforma franciscana a la que pertenecía buscaba restaurar el ideal original de san Francisco: sencillez, austeridad, predicación popular y vida evangélica radical. Leonardo se adhirió con entusiasmo a este ideal.
Después de sus estudios teológicos, fue ordenado sacerdote en 1702. Muy pronto, sus superiores advirtieron sus talentos excepcionales como predicador. Su voz poderosa, su lenguaje lleno de imágenes y su extraordinaria capacidad para conmover a las multitudes hacían de él un misionero particularmente eficaz.
Sin embargo, su frágil salud pareció durante un tiempo comprometer su apostolado. Poco después de su ordenación, sufrió gravemente una enfermedad pulmonar. Sus superiores lo enviaron a su tierra natal para que recuperara las fuerzas.
Este regreso a Liguria marcó un giro decisivo. Convencido de haber sido curado milagrosamente gracias a la intercesión de la Virgen María, Leonardo decidió consagrar toda su vida a las misiones populares.
Las misiones populares
En el siglo XVIII, las misiones populares ocupaban un lugar esencial en la pastoral católica. Consistían en grandes campañas de predicación destinadas a despertar la fe de las poblaciones. Los misioneros recorrían ciudades y campos, predicando durante varios días o semanas en cada localidad.
San Leonardo de Puerto Mauricio se convirtió rápidamente en uno de los misioneros más célebres de su tiempo. Durante más de cuarenta años recorrió Italia casi sin interrupción.
Se estima que predicó cerca de trescientas cuarenta misiones populares. Las multitudes que acudían a escucharlo eran inmensas. En algunas ciudades, las iglesias resultaban demasiado pequeñas para contener a los oyentes, y los sermones debían pronunciarse en plazas públicas.
Su predicación estaba profundamente marcada por la espiritualidad franciscana. Insistía en la conversión interior, la penitencia, la confesión frecuente, el amor a Cristo crucificado y la devoción a la Virgen María.
A diferencia de ciertos predicadores de su tiempo que buscaban efectos oratorios refinados, Leonardo utilizaba un lenguaje sencillo, directo y accesible al pueblo. Sabía tocar las conciencias con una fuerza extraordinaria.
Sus sermones sobre la muerte, el juicio, el infierno y la eternidad impresionaban profundamente a los oyentes. Sin embargo, esta predicación vigorosa nunca era desesperanzadora. Siempre conducía a la esperanza cristiana y a la misericordia divina.
Concedía una importancia inmensa al sacramento de la penitencia. Durante sus misiones, se formaban interminables filas delante de los confesionarios. Tenían lugar reconciliaciones familiares y públicas. Antiguas enemistades desaparecían.
Los cronistas de la época relatan escenas impresionantes: pueblos enteros reconciliándose después de años de disputas, usureros devolviendo ganancias injustas, blasfemos convirtiéndose públicamente y criminales acudiendo a pedir perdón.
Leonardo sabía también adaptar su discurso a las distintas categorías sociales. Hablaba a los campesinos con sencillez, pero podía dirigirse con autoridad a nobles y magistrados.
Su influencia superó rápidamente las fronteras de su región natal. Fue llamado a los Estados Pontificios, a Toscana, al reino de Nápoles y a muchas otras regiones italianas.
Una espiritualidad centrada en la Pasión de Cristo
La espiritualidad de san Leonardo era profundamente cristocéntrica. Toda su vida interior giraba alrededor de la contemplación de la Pasión de Cristo.
Como muchos franciscanos, veía en la Cruz la cumbre del amor divino. La meditación de los sufrimientos de Cristo constituía para él una escuela de conversión y humildad.
Esta devoción a la Pasión se manifestaba especialmente en su inmenso apego al vía crucis. San Leonardo desempeñó un papel capital en la difusión de esta práctica por toda Italia.
El vía crucis, desarrollado progresivamente a partir de las peregrinaciones a Tierra Santa, permitía a los fieles meditar las diferentes etapas de la Pasión de Cristo. Los franciscanos estuvieron entre sus principales propagadores.
Leonardo instaló vías crucis en innumerables iglesias y santuarios. Se estima que erigió más de quinientos setenta.
Para él, esta práctica constituía un medio extraordinariamente eficaz para tocar las almas sencillas y conducirlas a una fe viva. Consideraba el vía crucis como un verdadero resumen del Evangelio.
Su obra más célebre en este ámbito fue la erección del vía crucis del Coliseo de Roma.
El vía crucis del Coliseo
En el siglo XVIII, el Coliseo todavía estaba parcialmente en ruinas. Sin embargo, el antiguo anfiteatro romano seguía cargado de una fuerte simbología cristiana, pues la tradición lo asociaba al recuerdo de los mártires.
San Leonardo deseaba transformar este monumento antiguo en un gran lugar de meditación cristiana. Gracias al apoyo del papa Benedicto XIV, obtuvo autorización para instalar allí un vía crucis.
En 1750, año jubilar, las estaciones fueron inauguradas solemnemente.
Este acontecimiento tuvo una enorme repercusión. El Coliseo se convertía así en un lugar consagrado a la memoria de la Pasión de Cristo y al testimonio de los mártires.
La iniciativa de san Leonardo contribuyó poderosamente a reforzar la dimensión espiritual del monumento. Todavía hoy, la tradición del vía crucis del Viernes Santo en el Coliseo encuentra su origen en la obra de este santo franciscano.