Saint Joseph-Benoît Cottolengo, apôtre de la Charité-RELICS

San José-Benito Cottolengo, apóstol de la Caridad

En el vasto panteón de los santos del siglo XIX, pocas figuras encarnan con tanta intensidad la misericordia activa y la confianza absoluta en Dios como san José-Benito Cottolengo (Giuseppe Benedetto Cottolengo). Contemporáneo de san Juan Bosco y de santa María Doménica Mazzarello, pertenece a esa generación de sacerdotes piamonteses que, en el corazón de una Italia en transformación, supieron responder a la miseria social y moral mediante la creación de obras inspiradas por la Providencia divina.

Su obra maestra, la Pequeña Casa de la Divina Providencia (Piccola Casa della Divina Provvidenza), fundada en Turín en 1832, se convirtió en un símbolo universal de la caridad cristiana: un lugar donde los enfermos, los pobres, los abandonados, los inválidos y los rechazados por la sociedad encontraban acogida, cuidados y dignidad.

reliquia de José-Benito Cottolengo

Reliquia de José-Benito Cottolengo en relics.es

La vida de Cottolengo se sitúa en la encrucijada de una época agitada: la caída del Antiguo Régimen, la dominación napoleónica, la Restauración monárquica y los inicios de la unidad italiana. En este contexto, su mensaje aparece como una protesta silenciosa pero poderosa: frente a la miseria, solo la caridad, arraigada en la fe y en el abandono a la Providencia, puede renovar el mundo.

Infancia y formación de un sacerdote del Piamonte

José-Benito Cottolengo nace el 3 de mayo de 1786 en Bra, pequeña ciudad del Piamonte, entonces bajo la Casa de Saboya. Es el mayor de una fratría de doce hijos. Su padre, José-Antonio Cottolengo, es funcionario de impuestos; su madre, Benedicta Chiarotti, es una mujer piadosa y enérgica que impregna el hogar de un profundo espíritu religioso.

Desde su infancia, Giuseppe muestra una inteligencia viva, una sensibilidad generosa y un gusto temprano por la oración. Le gusta ayudar en la misa, frecuentar los sacramentos y asistir a los pobres. Sus padres disciernen en él una vocación religiosa y lo animan a seguir el camino del sacerdocio.

Ingresa en el seminario de Bra y después continúa su formación en el seminario de Turín, centro intelectual de la región. Allí, Cottolengo recibe una sólida formación teológica y espiritual, marcada por la tradición tomista y la disciplina del clero postridentino.

Ordenado sacerdote en 1811, en plena época napoleónica, es destinado como vicario a Corneliano d’Alba. Muy pronto se distingue por su sencillez, su piedad y su entrega pastoral. Su ministerio es discreto: celebra con fervor, enseña la catequesis con dulzura, visita a los enfermos y sostiene a las familias pobres.

En 1818 es nombrado canónigo de la iglesia del Corpus Domini en Turín, un cargo honorable que le ofrece seguridad material y un marco espiritual estable. Durante varios años lleva una vida regular, piadosa y estudiosa. Sin embargo, un encuentro dramático va a trastornar su existencia y dar origen a una de las obras más extraordinarias de la caridad cristiana.

La revelación de la miseria humana

Fue en 1827, en Turín, cuando se produjo el acontecimiento decisivo. Una noche, una joven embarazada, extranjera y gravemente enferma, se presenta a la puerta de la iglesia del Corpus Domini. Expulsada de varios hospitales por falta de plazas o por temor al contagio, vaga de calle en calle. Ningún establecimiento quiere recibirla. Cottolengo, impotente, intenta intervenir, pero pese a sus esfuerzos la joven muere, después de dar a luz a un niño que no sobrevivirá.

Este drama destroza al sacerdote. Comprende que ya no puede contentarse con predicar o rezar; debe actuar. Ve en ello una señal del Cielo: la miseria humana exige una respuesta de amor, una institución capaz de acoger a quienes la sociedad rechaza.

Unos días más tarde, confía a sus allegados:

« La caridad no es una palabra, es una acción. Y esa mujer me mostró lo que Dios espera de mí. »

Desde entonces, deja la tranquilidad del canónigo para convertirse en servidor de los pobres de Turín.

La fundación de la Pequeña Casa de la Divina Providencia

En enero de 1828, alquila una pequeña casa en el barrio de Volta Rossa e instala allí algunas camas para acoger a los enfermos más desamparados. La llama sencillamente:
« La Pequeña Casa de la Divina Providencia » (Piccola Casa della Divina Provvidenza).

Su intuición es clara: quiere construir una obra enteramente abandonada a la Providencia, sin subvenciones públicas, sin fortuna personal, sin más garantías que la confianza absoluta en Dios. « Es Dios quien construirá », dice a menudo.

Los comienzos son modestos: algunos voluntarios, una religiosa, unas pocas camas y mucha oración. Pero la caridad atrae. Pronto llegan donativos, y los enfermos acuden por decenas, luego por cientos. Cottolengo organiza, cuida, ora y anima.

En 1831, una epidemia de cólera golpea Turín. Las autoridades ordenan el cierre del establecimiento por temor al contagio. Cottolengo obedece, pero no renuncia. Poco después, compra una casa en el barrio de Valdocco, entonces en las afueras de Turín—el mismo barrio donde, unos años más tarde, san Juan Bosco abrirá su oratorio.

Allí vuelve a fundar la Pequeña Casa, concebida como una ciudad de la misericordia: hospitales, hospicios, asilos, escuelas, talleres. Los pobres encuentran techo, cuidados, pan y afecto. Sacerdotes, religiosas, médicos, artesanos y voluntarios trabajan codo con codo.

Para Cottolengo, no se trata de una obra social en el sentido moderno, sino de un acto de fe vivo. La Casa no debe pedir nada; debe recibir lo que la Providencia envíe. Y la Providencia nunca falta: cada día llegan donativos inesperados—dinero, víveres, ropa, materiales de construcción.

Cottolengo sonríe y repite:

« La Providencia sabe lo que necesitamos; nosotros, hagamos nuestro deber. »

Una espiritualidad de la Providencia

El corazón del pensamiento de Cottolengo se resume en una palabra: confianza.

Para él, la Providencia no es un concepto abstracto, sino la presencia amorosa de Dios en los más pequeños detalles de la vida cotidiana. Enseñaba a sus colaboradores:

« Nosotros no hacemos nada; es Dios quien actúa. Solo somos sus instrumentos. »

Esta espiritualidad tiene tres dimensiones principales:

  1. El abandono total: Cottolengo rechaza toda planificación humana basada en la prudencia mundana. Funda, agranda, gasta y distribuye sin preocuparse del mañana. Dice: « No soy yo quien debe inquietarse por el pan de mañana. »

  2. La alegría confiada: a pesar de las dificultades financieras y las críticas, conserva un humor contagioso. A quienes dudan, les responde: « Dios tiene una gran cartera. »

  3. La caridad sin condiciones: todos son acogidos—incurables, huérfanos, ancianos, pobres vergonzantes, locos, discapacitados, prostitutas arrepentidas. Ningún criterio, ninguna exclusión: « En la Pequeña Casa, decía, solo hay hijos de Dios. »

Esta visión radical provoca admiración e incomprensión. Algunos eclesiásticos lo juzgan imprudente; otros lo toman por un místico excéntrico. Pero él permanece sereno, convencido de que el Evangelio debe encarnarse en gestos concretos.

Un constructor de instituciones

A medida que la Casa crece, Cottolengo funda varias congregaciones religiosas para asegurar su funcionamiento. Cada rama tiene un papel específico:

  • Las Hermanas de San Vicente (o « Hermanas de la Pequeña Casa ») cuidan a los enfermos.

  • Las Hermanas del Buen Pastor se ocupan de los niños abandonados.

  • Los Hermanos de San Vicente gestionan los trabajos manuales y agrícolas.

  • Los Sacerdotes de la Santísima Trinidad aseguran el servicio espiritual y los sacramentos.

Todas estas comunidades comparten la misma regla: vivir en la pobreza, la humildad y la alegría, confiándose enteramente a la Divina Providencia.

Cottolengo no era un administrador según criterios modernos; delegaba mucho, predicaba poco y oraba mucho. Visitaba sin cesar a los enfermos, animaba a las religiosas y bendecía los nuevos edificios.

Su vida cotidiana era de una austeridad extrema. Dormía poco, comía frugalmente y oraba largamente. Se levantaba antes del alba para celebrar la misa y luego recorría la Casa, asegurándose de que todos recibieran cuidados y atención.

Bajo su impulso, la Pequeña Casa se convirtió en una verdadera ciudad de la caridad: cientos de enfermos, miles de pobres, decenas de edificios y un flujo incesante de benefactores.

La muerte del fundador

En abril de 1842, agotado por el trabajo y la enfermedad, Cottolengo cae gravemente enfermo. Le aconsejan descansar en Chieri, cerca de Turín. Obedece serenamente, consciente de que su obra le sobrevivirá.

El 30 de abril de 1842, entrega su alma a Dios a los 56 años, después de murmurar estas palabras:

« La caridad de Cristo me apremió toda mi vida. »

Su cuerpo es llevado de regreso a Turín, donde es enterrado en la capilla de la Pequeña Casa. Muy pronto, multitudes acuden a rezar a su tumba.

Su obra no se apaga; al contrario, se desarrolla y se internacionaliza. Las Casas de la Providencia se extienden por Italia y luego por otros países de Europa y de América Latina.

Beatificación y canonización

La reputación de santidad de Cottolengo crece desde su muerte. En 1917 es proclamado venerable; en 1917 es beatificado por el papa Pío XI, y en 1934 es canonizado por el papa Pío XI (el mismo papa que canonizaría a Don Bosco y a Teresa de Lisieux).

Su nombre figura ya entre los grandes santos de la caridad moderna: Vicente de Paúl, Camilo de Lelis, Juan Bosco, Luisa de Marillac.

Su fiesta litúrgica se celebra el 30 de abril, día de su muerte.

Mensaje espiritual y legado

La Providencia como sistema de vida

Cottolengo es uno de los testigos más radicales de la teología de la Providencia. No concibe la caridad como un proyecto humano sostenido por la fe, sino como una manifestación directa de la Providencia divina en la historia.

Su intuición trastoca las lógicas modernas: allí donde la sociedad exige cálculos y garantías, él propone abandono y gratuidad.

Su lema:

« ¡Caridad y confianza en Dios! »

Este modelo inspiró a generaciones de religiosos y laicos: Juan Bosco, Cafasso, Murialdo, Guanella… todos beberán de su ejemplo.

La dignidad de los excluidos

Cottolengo fue un precursor de la dignidad de las personas con discapacidad y de los enfermos. En una época en que se ocultaba a los inválidos y a los locos, los consideraba como las joyas de la Casa, las « imágenes vivientes de Cristo sufriente ».

No quería solo curarlos, sino devolverles lugar, valor y ternura. Este principio anuncia las grandes corrientes humanistas y médico-sociales del siglo XX.

La caridad organizada

Aunque fundada en la fe, su obra posee un rigor casi institucional. Supo unir mística y eficacia, oración y gestión. Sus estructuras perduran hoy, prueba de que la caridad, cuando se apoya en la Providencia, puede atravesar los siglos.

El humor de la fe

Cottolengo tenía un espíritu jovial. Se cuenta que un día, al ver las reservas vacías, dijo a sus hermanas:

« ¡Llamad a la puerta del Cielo! La Providencia quizá esté ocupada en otra parte. »
Unas horas más tarde, llegó un donante con víveres.

Este humor era la expresión de su fe alegre, convencida de que a Dios le gusta que se le tome la palabra.

El Cottolengo hoy

La Piccola Casa della Divina Provvidenza existe todavía en Turín, en el barrio de Valdocco. Hoy alberga:

  • hospitales, clínicas, residencias de ancianos;

  • escuelas especializadas, talleres, centros para personas con discapacidad;

  • comunidades religiosas y laicas;

  • y una basílica dedicada a la Divina Providencia.

Cuenta con más de 2.000 colaboradores y miles de beneficiarios cada año. Existen casas similares en otros países: India, Tanzania, Ecuador, Kenia, Suiza, Estados Unidos, Chile, Etiopía.

Todas continúan viviendo según el espíritu del fundador: no pedir nada, recibirlo todo con gratitud.

Conclusión: un profeta de la caridad confiada

José-Benito Cottolengo es una figura luminosa del catolicismo social. Sin teoría ni programa, encarnó una caridad viva, arraigada en la fe.

Su ejemplo interpela todavía hoy:

  • En un mundo obsesionado por la seguridad, enseña la confianza.

  • Frente a la pobreza tecnocrática, recuerda la ternura.

  • En una sociedad fragmentada, devuelve el sentido de la fraternidad universal.

Su obra, la Pequeña Casa, no es un monumento del pasado, sino un laboratorio del amor divino: un lugar donde la debilidad se vuelve fuerza, la pobreza se vuelve gracia y la Providencia se hace visible.

El papa Francisco, durante una visita al Cottolengo, resumió su mensaje con estas palabras:

« Cottolengo nos enseña a creer que la Providencia es real, que actúa a través de las manos abiertas de quienes aman. »

Así, el santo de Bra, discreto y alegre, continúa susurrando a cada generación:

« No tengáis miedo; haced el bien, y la Providencia hará el resto. »

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