Jenny Haniver, créature des cabinets de curiosités-RELICS

Jenny Haniver, criatura de los gabinetes de curiosidades

Al fondo de los puertos, en los rincones húmedos de los mercados de pescado, en ciertos tenderetes olvidados de los muelles de Brujas, Lisboa o Amberes, en los recovecos sombríos de viejos museos provinciales o, mejor aún, tras las vitrinas que crujen de auténticos gabinetes de curiosidades, a veces se encuentran criaturas extrañas, a medio camino entre un diablo marino y una gárgola gótica. Son las Jenny Haniver.
Ni del todo naturales ni del todo artificiales, parecen haberse escapado de una pesadilla barroca. Desde el esoterismo de los alquimistas hasta la ciencia balbuciente de los naturalistas, han fascinado, asustado y, más de una vez, engañado.

 

Jenny Haniver

Jenny Haniver en relics.es

 

Una quimera entre el mar y el mito

Las Jenny Haniver son “objetos” realizados a partir de carcasas de rayas (a veces de otros peces cartilaginosos), hábilmente secadas, cortadas, esculpidas, remodeladas y luego endurecidas al sol u otros procedimientos. Su forma final evoca con mayor frecuencia criaturas humanoides, demonios marinos, dragones esqueléticos, sirenas condenadas o fetos monstruosos. La mirada se turba al contemplarlas. ¿Es una bestia? ¿Es un artefacto? ¿Un ser fosilizado? ¿Un horror surgido del abismo?

Los primeros testimonios de Jenny Haniver se remontan al siglo XVI, una época en que el mundo conocido se ensanchaba cada día bajo las velas de las carabelas, y en que las criaturas traídas de los confines oceánicos ocupaban lugar en el imaginario tanto como en los cofres. Los puertos del mar del Norte, como Amberes, Ámsterdam o Brujas, fueron los primeros escenarios de su aparición. Fue allí, en los trastiendas de los taxidermistas, en el fondo de los mercados viscosos, en las cabañas de pescadores y en las posadas dudosas, donde se moldearon los primeros ejemplares —a veces por juego, a veces por malicia, a veces por un sincero arrebato de asombro naturalista—.

Su popularidad alcanzó su apogeo en los siglos XVII y XVIII, justo cuando la Europa culta entraba en la edad de oro de los gabinetes de curiosidades, esos verdaderos microcosmos barrocos concebidos para contener todo el misterio de la creación. La Jenny Haniver, en su forma grotesca y ambigua, hallaba allí un estuche perfectamente ajustado a su extrañeza. Encarnaba a la vez el miedo al vacío (horror vacui), la fascinación por lo monstruoso y la obsesión típica de la época por clasificar lo inasible.

 

jenny haniver

 

Fue una época de saber aún impregnado de maravilla, en la que los límites entre la ciencia naciente, el arte figurativo, las tradiciones ocultas y las supercherías asumidas presentaban una permeabilidad desconcertante. Un mismo erudito podía compilar un tratado de mineralogía, estudiar fetos malformados y preguntarse por la veracidad de una sirena conservada en formol. En ese clima intelectual turbio, la Jenny Haniver se convertía a la vez en objeto de estudio, pieza de teatro anatómico e icono sobrenatural.

En las vitrinas recargadas de estas cámaras del mundo, a menudo se erguía entre fósiles aún mal interpretados (como amonitas o ictiosaurios que se tomaban por serpientes petrificadas), cráneos exóticos venidos de África o América, cuernos de unicornio (en realidad colmillos de narval cuidadosamente pulidos), piedras bezoares arrancadas del intestino de los rumiantes, artefactos de civilizaciones desconocidas o supuestas, y fetos monstruosos conservados en frascos de alcohol que fascinaban tanto como repelían.

Pero la Jenny Haniver no se contentaba con ser un simple objeto entre otros. Se resistía a la explicación, incluso para los naturalistas más rigurosos. A diferencia de las piedras o los artefactos, parecía habitada, miraba a veces al visitante con una fijeza extraña. Algunos la creían demonio, otros quimera escapada de un bestiario medieval, otros veían en ella una prueba tangible de que los fondos marinos rebosaban especies aún desconocidas —o malditas—.

Así, en los gabinetes de curiosidades, la Jenny Haniver era más que un artefacto: era una puerta entornada hacia lo imposible. Su propia ambigüedad —ni totalmente natural ni completamente fabricada— la convertía en el símbolo perfecto de la época barroca, ávida de maravillas, de contradicciones y de secretos.

 

Jenny Haniver

Jenny Haniver en relics.es

 

 

El origen del nombre: del inglés al jerga de muelle

El misterioso nombre de Jenny Haniver no escapa a la ambigüedad que rodea a la criatura misma. Parece ser, según las fuentes más plausibles, fruto de una deformación lingüística progresiva, nacida en los muelles, las tabernas y las lonjas, donde las lenguas chocan y las palabras nacen tan rápido como se olvidan. La explicación más frecuentemente aceptada es la de una corrupción fonética de «Jeune d’Anvers» —en un inglés aproximado o en Cockney slang, “Jenny Haniver” se convertiría así en un eco distorsionado de “young of Antwerp” o de “Anversienne”, en referencia a los numerosos ejemplares vendidos en esa ciudad-puerto, cruce de los mundos nórdico, ibérico y colonial.

Otras hipótesis mencionan una contracción de “Geneva and Antwerp”, combinando dos centros del comercio marítimo, o incluso un apodo femenino genérico —Jenny— usado como el equivalente inglés de nuestras “Nana” o “Mimi”, que se pegaba a cualquier cosa extraña o exótica con rasgos vagamente antropomorfos. En este contexto, “Jenny Haniver” muy bien pudo haber sido primero un mote burlón, dado por los marineros a una criatura que, de lejos, recordaba a una mujer retorcida, deforme o condenada.

Pero donde la etimología se enturbia, el simbolismo se aclara. La imprecisión misma del nombre es portadora de sentido: como si esta criatura se negara a ser nombrada claramente, como si perteneciera a esa categoría de cosas que el lenguaje sólo aprehende a medias. El hecho de que su denominación nazca en la boca áspera de los marineros, entre juramentos, risas groseras y supersticiones marinas, contribuye a envolverla en un espeso misterio lingüístico, casi mitológico.

 

jenny haniver

Museum of the Weird, Texas

 

Tampoco es casual que su nombre suene a la vez familiar e inquietante. “Jenny”, nombre femenino común, evoca algo humano, cercano, casi enternecedor; pero “Haniver”, áspero, seco, casi germánico o flamenco, sugiere la alteridad, el en otro lugar, la dislocación fonética. Es un nombre que vacila entre ternura y extrañeza, entre puerto y abismo. Casi podría creerse que es el nombre de una sirena desterrada, una criatura que los hombres llevaron a tierra pero que, por venganza, corrompió hasta su propio nombre.

Esta resistencia a la clasificación, perceptible desde la etimología, es además emblemática de la propia Jenny Haniver. No entra en ninguna taxonomía clara. Ni totalmente natural, ni del todo artificial. Ni enteramente humana, ni estrictamente animal. Y su nombre, como su forma, se escapa de las rejillas habituales del saber. Se sustrae al vocabulario como se sustrae a la ciencia, al igual que las otras maravillas exhibidas en los gabinetes de curiosidades, donde lo incomprensible es un argumento de valor y lo indefinido, sello de fascinación.

Las Jenny Haniver: entre superchería y arte macabro

A primera vista, sería fácil —casi tranquilizador— relegar las Jenny Haniver al rango de supercherías marinas, clasificarlas entre los numerosos artefactos dudosos que proliferaban en los puertos mercantes y en las ferias: sirenas cosidas a partir de cabezas de mono y colas de pez, dragones de pacotilla, fetos falsificados, unicornios de marfil de morsa. Su extraña apariencia, su composición híbrida, su modo de fabricación artesanal y su difusión popular abogan por la interpretación fraudulenta. Es cierto que muchos curiosófilos —lo mismo nobles, clérigos que coleccionistas burgueses— se dejaron seducir (o embaucar) por estas quimeras desecadas. Se vendieron como reliquias auténticas de criaturas fabulosas, piezas únicas venidas del abismo o trofeos milagrosos de un mundo todavía desconocido.

Pero reducir las Jenny Haniver a un simple fraude sería un error de perspectiva. Sería olvidar que la Europa de los siglos XVI al XVIII evolucionaba en un clima intelectual y estético donde lo falso, lo dudoso, lo mágico, lo natural, lo científico y lo grotesco no eran mutuamente excluyentes, sino a menudo interconectados. Lo que hoy llamamos “fraude” se percibía entonces a veces como teatralización de lo real, o como intento simbólico de ordenar el caos de lo vivo.

 

jenny haniver

 

En este sentido, las Jenny Haniver no son sólo objetos fraudulentos: son manifestaciones materiales de un imaginario barroco, interpretaciones libres de formas naturales llevadas a su paroxismo. Se inscriben en esa tradición en la que el hombre, ante la inmensidad del mar y sus criaturas desconocidas, elige modelar él mismo los monstruos que no logra capturar —como para dar forma al misterio, o al espanto—.

Hay que recordar que en aquella época, el conocimiento no se separaba del asombro, ni la verdad de la apariencia. El mundo era un vasto libro cifrado en el que cada concha, cada hueso, cada feto malformado, cada fósil enigmático constituía una letra en clave. El sabio, tanto como el poeta o el teólogo, era un lector de signos. Y en esta lectura del mundo, la Jenny Haniver actúa como un ideograma de lo monstruoso, una caligrafía de lo invisible.

Por su forma vagamente humana —alas encogidas, cabeza encogida, tronco retraído— remite a las figuraciones demoníacas de los márgenes medievales, esos dragones medio hombre medio bestia iluminados en manuscritos del Apocalipsis. Por su textura cartilaginosa y su mirada vacía, recuerda a las criaturas infernales de los sueños alquímicos, o a las bestias marinas dibujadas por cartógrafos que habían oído hablar de monstruos, pero nunca habían visto uno. Convoca todo un tramo de la iconografía de lo maravilloso aterrador, entre las sirenas de Dante y las visiones de El Bosco.

Así, la Jenny Haniver se vuelve jeroglífico del abismo: no pretende reproducir fielmente un ser real, sino evocar, simbolizar, provocar. Sirve de soporte a la proyección: la mirada del espectador ve en ella lo que quiere ver —demonio, sirena, feto, dragón, alma condenada, monstruo de pesadilla o residuo del pecado original—.

De este modo, supera el estatus de superchería: se convierte en obra de arte macabro, en poema de carne petrificada, en tótem ambiguo de un mundo en el que vacilan las certezas. No enseña zoología, sino vértigo, esa extraña emoción nacida de la duda entre lo natural y lo sobrenatural, entre el animal y el hombre, entre lo verdadero y lo inventado.

Precisamente en los gabinetes de curiosidades estos objetos encuentran su función simbólica más plena. Allí, rodeadas de huesos, conchas improbables, vegetales insólitos y autómatas en miniatura, las Jenny Haniver se convierten en espejos del desorden cósmico, en figuras del caos dominado, colocadas en una vitrina como se encierra una fiebre en un frasco.

Así que no, la Jenny Haniver no es un simple falso. Es mucho más: un exvoto de la duda, un talismán de la incertidumbre, una respuesta grotesca al terror que inspira lo desconocido.

 

jenny haniver

 

Un lugar de honor en los gabinetes de curiosidades

El éxito de las Jenny Haniver en los gabinetes de curiosidades europeos no se debe al azar ni al simple atractivo de lo grotesco. Se ancla en una lógica estética, simbólica y ontológica propia del espíritu del Renacimiento y del Barroco, donde la comprensión del mundo no pasaba por el análisis frío y segmentado, sino por la colección fervorosa de maravillas. Estos gabinetes —princípeos, eclesiásticos o burgueses— eran verdaderos teatros del mundo, condensaciones del cosmos donde el hombre intentaba reconstituir el orden o el desorden de la creación en un espacio cerrado.

Los gabinetes de curiosidades, en su apogeo en el siglo XVII, reunían en un mismo lugar lo que se llamaba mirabilia (objetos extraordinarios), naturalia (productos de la naturaleza), artificialia (objetos creados o transformados por el hombre), scientifica (instrumentos de observación) y exotica (artefactos traídos de las colonias o de tierras lejanas). Las Jenny Haniver, criaturas ni del todo naturales ni enteramente artificiales, se deslizaban con pasmosa facilidad en varias de estas categorías a la vez.

Encarnaban sobre todo una forma singular de naturalia desviados: productos surgidos de la naturaleza, pero alterados de modo que revelan la extrañeza latente de lo vivo. Al hacerlo, no eran sólo curiosidades biológicas, sino objetos de pensamiento. A la manera de los relicarios góticos que magnifican el hueso cubriéndolo de oro, las Jenny Haniver transforman una carcasa en un enigma, un cadáver en un mensaje cifrado.

En una vitrina, entre una momia amerindia, un feto bicéfalo conservado en espíritu de vino, un brazo de santo en su ostensorio, un globo celeste y un huevo de avestruz grabado, la Jenny Haniver atraía invariablemente la mirada del visitante. Su forma semihumana, sus alas apergaminadas, su hocico contraído en una mueca de condenación, suscitaban fascinación tanto como desasosiego. Se la miraba largo rato, incierto de lo que se veía. ¿Era un monstruo, un ángel caído, un feto del diablo? ¿Había nacido así, o fue moldeada por una mano humana perversa?

Este trastorno de la percepción constituía precisamente su poder. A diferencia de una simple concha o una piedra preciosa, la Jenny Haniver ponía en crisis las categorías del conocimiento. Preguntaba: ¿qué es la vida? ¿Dónde termina lo natural? ¿Quién tiene derecho a nombrar? Desplazaba al espectador de la mera contemplación a la perplejidad. Desorientaba al erudito tanto como al ignorante, lo que la convertía en una pieza altamente valiosa en la economía simbólica de las colecciones curiosas.

Pero la Jenny Haniver no se limitaba a sacudir certezas zoológicas: también provocaba emociones rituales, ecos religiosos o demonológicos. Para algunos, era un talismán contra las fuerzas oscuras, un ser marino atrapado, fijado y neutralizado por la sal y la luz. Para otros, representaba la manifestación tangible del mal, la huella de una forma de vida prohibida, de un pacto con el abismo.

Se relatan así varias campañas de exorcismo, en particular en algunas regiones de Bretaña, Sicilia o Bohemia, donde se habría encontrado, oculta en un desván, una Jenny Haniver colgada como un murciélago seco, sospechosa de haber causado enfermedades, desgracias o incluso posesiones demoníacas. Se decía que la había escondido un pescador, un hechicero o una curandera, como relicario de un espíritu cautivo.

Se sabe también que, en ciertos momentos, predicadores itinerantes las exhibían en sus sermones como prueba del castigo de Dios: “Ved lo que producen la lujuria, la corrupción, el abandono de las leyes naturales”. En otros momentos, charlatanes las presentaron como fetos de sirenas o de dragones, vendidos como remedios mágicos o ingredientes alquímicos. Algunos alquimistas aseguraban que, sumergida en una solución de mercurio y sal, una Jenny Haniver podía atraer el espíritu del mar o revelar secretos ocultos.

Así, su función en los gabinetes de curiosidades iba mucho más allá de la simple ornamentación. Era catalizadora de relatos, vehículo de mitos, punto de convergencia entre las ciencias naturales y los relatos ocultos. En ese lugar donde se conservaban tanto fragmentos de meteorito como dientes de gigantes o manuscritos de alquimia, tendía un lazo entre lo visible y lo invisible, entre el mar y el espíritu, entre el cuerpo y el símbolo.

En suma, la Jenny Haniver no era un objeto congelado en una vitrina. Era un ritual mudo, un enigma encarnado, una reliquia sin religión. Por eso sigue siendo hoy una pieza emblemática de todo gabinete de curiosidades digno de ese nombre.

 

jenny haniver

 

¿Críptido o artefacto? Una frontera difusa

Uno de los aspectos más inquietantes —y más fascinantes— de las Jenny Haniver reside en su escurridizo estatus ontológico. ¿Son criaturas naturales alteradas por la mano del hombre? ¿Artefactos artísticos? ¿Bromas marinas? ¿O verdaderos ejemplares criptozoológicos, escapados del folclore para encarnarse en la carne seca de un pez desconocido? Esta incertidumbre, este desenfoque voluntariamente mantenido entre lo real y lo fabricado, constituye precisamente el corazón palpitante de su fascinación.

En la taxonomía moderna, un críptido es una criatura cuya existencia se presume pero no está demostrada científicamente: el monstruo del Lago Ness, el yeti, el Chupacabras o el Mokélé-Mbembé. Nacen en los márgenes del saber, en los relatos populares, en las tradiciones orales. Pero las Jenny Haniver existen de hecho físicamente. Son palpables, visibles, comercializables. Esta paradoja las convierte en críptidos invertidos: no criaturas que se busca desesperadamente encontrar, sino formas ya presentes, cuya natalidad o fabricación se ignora.

En ciertas regiones del mundo, esta ambigüedad no se disipa —al contrario, se cultiva activamente—. En el Golfo de México, por ejemplo, las Jenny Haniver son conocidas como “diablillos de mar” (sea devils o diablillos marinos). Muchos pescadores aún creen sinceramente en ellas. Se reportan casos en los que el hallazgo de uno de estos especímenes en una red bastaba para provocar pánico a bordo: algunos se negaban a seguir pescando, otros los arrojaban al mar con oraciones u ofrendas. Se cuenta incluso que algunas barcas fueron abandonadas tras encontrarse una Jenny Haniver, por juzgarse nefasta su presencia.

En Japón, donde el folclore marítimo es de una riqueza incomparable, las Jenny Haniver han sido a veces asimiladas a yōkai, esos espíritus sobrenaturales polimorfos y a menudo traviesos. Algunos ven en ellas ningyo momificados —las famosas “sirenas” japonesas, criaturas mitad mujer, mitad pez, supuestamente portadoras de bendición eterna o ruina absoluta según el trato recibido—. En ciertas familias, misteriosas criaturas secas han sido veneradas como reliquias, luego transmitidas de generación en generación, guardadas en cofrecillos, cubiertas de inscripciones cabalísticas.

Incluso en el viejo mundo europeo, las Jenny Haniver se percibieron durante mucho tiempo como fragmentos reales del mundo invisible. Se exhibieron ejemplares como bebés dragón en las Wunderkammern germánicas, como sirenas capturadas en los museos privados de la nobleza italiana, o como demonios fosilizados en iglesias rurales donde servían para edificar a los fieles sobre los peligros del pecado. Se les atribuían orígenes exóticos: Abisinia, Amazonia, Groenlandia o incluso las profundidades del Estigia.

El naturalista Ulisse Aldrovandi, en sus tratados del siglo XVI, documenta criaturas muy similares a lo que hoy reconocemos como Jenny Haniver. Las dibuja, las describe, intenta comprender su naturaleza. Pero incluso él —hombre de ciencia, clasificador obsesivo— nunca termina de decidir. Deja planear la duda. Constataba, observaba, nombraba… pero no condenaba. Es precisamente esa duda la que confiere a estos objetos su poder simbólico e intelectual.

Porque, en definitiva, ahí reside todo el encanto ponzoñoso —y todo el horror refinado— de las Jenny Haniver: tienen la estructura, la simetría y el parecido con lo vivo justos para que el espectador dude. ¿Se trata de un feto malformado? ¿De un pequeño demonio petrificado? ¿De un pez poseído? ¿O simplemente de una raya tallada por una mano hábil? Se oscila sin cesar entre la ingenuidad maravillada y la sospecha horrorizada.

En un gabinete de curiosidades, esta incertidumbre no es una debilidad: es un activo fundamental. Porque estos lugares no buscan dar respuestas, sino provocar interrogantes, desestabilizar las categorías, interrogar la naturaleza del mundo. Una Jenny Haniver no es allí sólo algo que mirar: es una pregunta materializada, una esfinge sin acertijo explícito, cuya mera presencia pone en entredicho nuestros instintos de clasificación.

Así, la Jenny Haniver escapa a la dualidad clásica de lo verdadero y lo falso. Flota entre mundos, como las criaturas marinas que evoca. Es a la vez críptido mitológico y objeto fabricado, artefacto de taller y testigo de otro orden natural, engaño artesanal y revelación poética. Es el hijo deforme del sueño y de la materia.

Y en el contexto del gabinete de curiosidades, ese espacio donde las fronteras entre la naturaleza, el artificio y el milagro se difuminan deliberadamente, la duda que genera vale más que cualquier certeza. Porque en ese teatro erudito de lo extraño, brilla lo indecidible, fascina lo borroso, interroga el monstruo. Y en ese sentido, la Jenny Haniver es quizá el críptido perfecto: no el que se busca en bosques o lagos, sino el que ya está ante nuestros ojos —sin que nos atrevamos del todo a creer en él.

Alquimia, brujería y Jenny Haniver

Más allá de su función ornamental, las Jenny Haniver también tienen una dimensión esotérica. En ciertos grimorios o tradiciones ocultas, se utilizaban como talismanes de protección, objetos de adivinación, e incluso como reliquias demoníacas.

Algunos alquimistas pensaban que podían servir de receptáculos para espíritus elementales, en particular los del agua. El hecho de que se creen a partir de la raya, pez poco apreciado culinariamente y a menudo asociado a formas extrañas, acentuaba su reputación oculta.

Otras tradiciones les atribuyen poderes de maldición, o las colocan entre los objetos que las brujas escondían en sus casas para echar el mal de ojo. Sus formas torturadas, su mirada fija, sus alas de cuero evocan por completo las imaginerías infernales.

Las Jenny Haniver hoy: entre folclore y arte contemporáneo

Si bien los gabinetes de curiosidades conocieron su declive con el advenimiento de los museos científicos modernos, el renovado interés por lo extraño, lo barroco y lo críptido ha devuelto la vida a estas criaturas.

Algunos artistas contemporáneos (como Thomas Grunfeld, Mark Dion o, en Francia, los creadores de taxidermia surrealista) fabrican sus propias versiones de Jenny Haniver, a veces con otros materiales, a veces a partir de restos sintéticos. Las sitúan en instalaciones donde la ciencia se mezcla con el horror, la ironía y lo gótico.

Taxidermistas de vanguardia, en la encrucijada entre gabinete de curiosidades y arte mórbido, prosiguen esta extraña tradición en la que se modela la naturaleza para revelar visiones interiores.

Jenny Haniver y la cultura popular: de Lovecraft a Pokémon

No es casualidad que el diseño de muchas criaturas de ficción —en videojuegos, películas de terror y literatura fantástica— evoque las líneas nudosas y los miembros flácidos de las Jenny Haniver. Pokémon como Bouffalant, Relicanth o Dhelmise recuerdan el espíritu de estas criaturas no-muertas salidas de los abismos.

En el universo de H. P. Lovecraft, donde las criaturas marinas suelen ser tentaculares, informes, semihumanas y dotadas de un simbolismo religioso invertido, puede verse fácilmente un parentesco estético con las Jenny Haniver.

Más aún: algunos falsos documentales criptozoológicos han utilizado imágenes de Jenny Haniver para ilustrar “sirenas halladas”, jugando con su aspecto semicreíble, semimonstruoso.

Coleccionar una Jenny Haniver: manual de uso

Lejos de ser sólo artefactos de museo, las Jenny Haniver aún se coleccionan hoy. Algunos comerciantes especializados —a menudo los mismos que venden cráneos humanos, insectos enmarcados u objetos médicos antiguos— las ofrecen.

Atención, sin embargo: las auténticas Jenny Haniver deben identificarse con cuidado. Una buena pieza está bien seca, sin rastro de moho, con una simetría inquietante y una forma vagamente humanoide. Las más apreciadas son las que evocan claramente a un pequeño demonio, una gárgola o una criatura embrionaria.

Su precio varía según la calidad, la rareza y la procedencia. Pero, en el fondo, no es el objeto en sí lo que hace el valor: es el escalofrío que provoca, esa sensación de abrir una puerta hacia lo inexplicable.

Conclusión: ¿Por qué siguen fascinando las Jenny Haniver?

En un mundo donde todo se analiza, clasifica y explica, las Jenny Haniver representan una zona gris, un intersticio poético entre lo real y lo mitológico. Capturan algo esencial del espíritu humano: ese deseo de creer en la existencia de un más allá de lo natural, de un orden oculto, de un misterio irreductible.

Son el reflejo de un mundo en el que aún podía pensarse que sirenas nadaban bajo las quillas, que dragones dormían en los huecos marinos y que los peces podían mentir.

Para los aficionados a los gabinetes de curiosidades, son una clave simbólica. No porque revelen una verdad, sino porque plantean una pregunta permanente: ¿qué separa el artificio de lo real? ¿Y si la extrañeza, en el fondo, fuera la verdadera esencia de la naturaleza?

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